Acto de lanzamiento Jorge Subero Isa: Consultores – Asesores Estratégicos

Publicado por: admin Fecha: 10/06/2013 15:06:09 p.m. Comentarios: 0

ACTO DE LANZAMIENTO
JORGE SUBERO ISA: CONSULTORES – ASESORES ESTRATÉGICOS
Palabras del Dr. Jorge A. Subero Isa

Cuando se empieza de nuevo

Quiero en primer término agradecer al reverendo padre Luis Rosario, mi ex alumno de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), sacerdote y hombre comprometido con los más nobles, puros y mejores valores de nuestra sociedad, haber aceptado nuestra invitación para impartir la bendición de este acto con el que iniciamos la empresa Jorge Subero Isa: Consultores – Asesores Estratégicos, pues sin la invocación del nombre de Dios no es posible realizar exitosamente ninguna actividad que emprendamos los humanos.

En segundo término quiero agradecer la presencia de todos ustedes, pero también de los que presentaron excusas por no poder asistir.

La traducción de un idioma a otro históricamente ha ocasionado más de un problema, principalmente cuando el texto madre era el griego o el hebreo.

Aprovechando que este mes de septiembre se celebra el Mes de la Biblia, a los fines de estas palabras me voy a referir específicamente a ella, libro que a través de la historia ha sido el más difundido. Sobre su traducción destaco dos casos interesantes, ambos a consecuencia de la traducción al latín por San Jerónimo, conocida como la Vulgata, llamada así por la gran difusión que logró, correspondiendo a España la famosa versión al castellano denominada Políglota Complutense, realizada en Alcalá de Henares, con el patrocinio del Cardenal Cisneros.

En el primer caso nos referimos al Moisés, de Miguel Ángel, hermosa escultura de mármol blanco de Carrara. La primera vez que la vi personalmente confieso que aunque me llamó la atención lo que en esa ocasión entendí era algún adorno que tenía sobre la cabeza, no fue sino al leer la obra El Proceso de Franz Kafka, quien describe en la misma un cuadro inspirado en ese Moisés, basado en los estudios de Freud sobre el profeta, y de quien dijo que:

“Este no es el guía de un pueblo. Es un juez, un juez severo”.[1]

Al indagar sobre esa escultura, que forma parte de la tumba del Papa Julio II, es cuando comprendo que ese extraño adorno que tiene Moisés en la cabeza eran unos cuernos. Se considera que esos cuernos tuvieron su origen en que Miguel Ángel tomó como referencia la traducción que San Jerónimo había hecho en la Vulgata del capítulo del Éxodo.

La estatua se representa con cuernos en su cabeza. Se cree que esta característica procede de un error en la traducción por parte de San Jerónimo del capítulo del Éxodo, 34:29-35.

En este texto, Moisés se caracteriza por tener karan ohr panav («un rostro del que emanaban rayos de luz»), lo que San Jerónimo en la Vulgata tradujo por cornuta esset facies sua («su rostro era cornudo»). El error en la traducción es posible debido a que la palabra «karan» en hebreo puede significar «rayo» o «cuerno».[2]

El segundo caso es en cuanto a fray Luis de León, un fraile de la orden de los agustinos, catedrático de teología en la Universidad de Salamanca, quien, permaneció cinco años prisionero en Valladolid, esperando un fallo definitivo del Tribunal de la Inquisición, mucho de ese tiempo sin saber quién lo acusaba y de qué se le acusaba. Los cargos que había contra él tenían que ver con su predilección por la Biblia hebraica en lugar de la Vulgata de San Jerónimo, así como la traducción al castellano que había realizado del libro del Cantar de los Cantares, de Salomón (que se dice fue a petición de su prima monja Ana de Osorio y para uso personal), el poema amoroso de la Biblia, una parte del Capítulo VII dice de la manera siguiente:

“tu ombligo es una taza circular,
llena de un licor dulce muy preciado,
montón de trigo es tu vientre hermoso,
cercado de violetas, y oloroso”.

Estando en la cárcel escribió en sus paredes lo que se conoce como el poema Al salir de la cárcel, que dice así:

“Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso”.

 

En 1576 sale libre del proceso con su salud afectada, y el primer día de clases dice: “Dicebamus hesterna die…” (Decíamos ayer…).

Lo anterior me sirve de plataforma para decirles que corría el año 1990 cuando un amigo me propone ser miembro de la Junta Central Electoral. Dije que sí, pero esa propuesta no prosperó. En el año 1994 e inmediatamente posterior a la crisis electoral de ese mismo año, cuando me encontraba de manera apacible en el ejerció pleno de mi profesión de abogado con muy buena clientela y con un próspero ejercicio profesional, ese mismo amigo me planteó la necesidad de que el país contara con una Junta Central Electoral independiente de los intereses de los partidos políticos y que si yo estaría dispuesto a formar parte de la misma. Dije que sí y finalmente el Senado de la República me escogió para ser Suplente del Dr. César Estrella Sadhalá, quien resultó ser el Presidente de ese organismo.

Desde ese momento sabía que era cuestión de tiempo que ocupara la presidencia del organismo porque su titular nos había dicho que solo estaría por dos años.

Efectivamente, tras la renuncia del Dr. Estrella Sadhalá, efectiva el 1ro. de mayo de 1997, pasé a ocupar su lugar. Allí me encontraba cuando recibo la propuesta de ser integrante de la Suprema Corte de Justicia, que se escogería por primera vez después de la Constitución de 1994 y de la integración del Consejo Nacional de la Magistratura. Confieso que no tenía interés en la posición, pues jamás había tenido ni intención ni vocación de ser juez. Sin embargo, fui convencido y condicioné mi aceptación a que fuera escogido sin oposición de las fuerzas políticas de la Nación y solamente si era en calidad de Presidente, pues entendía que no debía dejar la presidencia de la JCE para ocupar una posición de simple miembro de la Suprema Corte de Justicia.

En esa circunstancia se produce nuestra elección en la madrugada del 3 de agosto del año 1997 a la presidencia de la SCJ, posición que ocupé de manera ininterrumpida hasta el 28 de diciembre de 2011. El resto es historia.

Después de más de catorce años en una misma posición coronada indiscutiblemente con éxitos, gracias al esfuerzo mancomunado de hombres y mujeres comprometidos con su país, uno se ve tentado a pensar como Derville, el abogado del Coronel Chabert en la obra de Honoré de Balzac, aquel coronel que luego de haber sido dado por muerto en la batalla de Eylau regresa y encuentra a su esposa casada con otro hombre, cuando al final del cuento su abogado Derville, dirigiéndose a Godeschal le dice:

“—¡Qué destino! exclamó Derville. Salido del hospicio de niños, vuelve á morir al hospicio de ancianos, después de haber ayudado en el intervalo á Napoleón a conquistar Egipto y Europa. ¿Sabe usted, querido mío, repuso Derville después de una pausa, que existen en nuestra sociedad tres seres, el sacerdote, el médico y el hombre de justicia que no pueden estimar el mundo? Usan hábitos negros, sin duda porque llevan luto por todas las virtudes y por todas las ilusiones. Pero el más desgraciado de los tres es el procurador (Abogado, Jasi). Cuando el hombre va á buscar al sacerdote, lo hace impulsado por el arrepentimiento, por los remordimientos por creencias que le hacen interesante, que le engrandecen y que consuelan el alma del mediador, cuya labor no deja de ser agradable, pues tiende á purificar, á reparar y á reconciliar. Pero nosotros los abogados vemos siempre repetirse los mismos malos sentimientos, sin que nada los corrija, y nuestros estudios son sumideros que no es posible sanear. ¡Cuántas cosas no he aprendido yo ejerciendo mi profesión! Yo he visto morir á un padre en un granero sin medio alguno de subsistencia, abandonado por dos hijos a los que había dado cuarenta mil francos de renta. Yo he visto quemar testamentos; yo he visto madres despojando de lo suyo á sus hijos, maridos robando a sus mujeres y mujeres matando á sus maridos, sirviéndose del amor que les inspiraban para volverles locos o imbéciles, á fin de vivir en paz con un amante. He visto madres que daban todos los gustos al hijo habido en el primer matrimonio, para acarrearle la muerte y poder enriquecer al hijo del amor. No puedo decirle a usted todo lo que he visto, pues he presenciado crímenes contra los cuales es impotente la justicia. Todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre muy por debajo de la verdad…”

Tal vez lo más aconsejable en términos personales para quien habla hubiese sido, al terminar su gestión al frente del Poder Judicial dominicano, acoger el consejo de Dorothea de Dino, la perseverante amante de Tallereyrand, cuando dirigiéndose a este en las postrimerías de su vida le escribe:

“Si, como os sucede, pertenece a la historia, no debe pensar en ningún otro futuro, excepto el que la historia le tiene señalado. Sabéis bien que la historia juzga el último período de vida de un hombre con más severidad que su comienzo… Declaraos ancianos, antes que la gente encuentre que estáis viejos. Decid con nobleza al mundo: “Ha llegado la hora”.[3]

O quizás lo que nos dice Javier Marías:

“Lo que dura se estropea y acaba pudriéndose, nos aburre, se vuelve contra nosotros, nos satura, nos cansa. Las únicas que no nos fallan ni defraudan son las que se nos arrebata, las únicas que no dejamos caer son las que desaparecen contra nuestra voluntad, abruptamente, y así carecen de tiempo para darnos disgustos o decepcionarnos… La prolongación lo altera todo, y lo que ayer era estupendo mañana habría sido un tormento”.[4]

Pero entendí que todavía no era tiempo de decir con Derville, en la referida obra de Balzac:

yo me voy á vivir al campo con mi mujer: París me causa horror”.

Y pensamos que:

“Nada dura lo bastante porque todo se acaba, y una vez acabado resulta que nunca fue bastante, aunque durara cien años”.[5]

O tal vez decir con Sócrates:

“Pero ya es tiempo de marchar: que yo tengo que morir, y vosotros tenéis que vivir”.[6]

Sin embargo, y confieso no tener ningún rubor en que me acusen de tener una pasión necrológica, pero realmente no tengo nada de que acusar a la vejez, razón por la cual puedo válidamente recurrir a Don Quijote de la Mancha, una obra hoy tan olvidada y lejana en el tiempo como decir la palabra “gracias” y de quien el Nóbel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, ha dicho refiriéndose a su ideal:

“Ese ideal es imposible de alcanzar porque todo en la realidad en la que vive el Quijote lo desmiente: ya no hay caballeros andantes, ya nadie profesa las ideas ni respeta los valores que movían a aquéllos, ni la guerra es ya un asunto de desafíos individuales en los que, ceñidos a un puntilloso ritual, dos caballeros dirimen fuerzas. Ahora, como se lamenta con melancolía el propio don Quijote en su discurso sobre las Armas y las Letras, la guerra no la deciden las espadas y las lanzas, es decir, el coraje y la pericia del individuo, sino el tronar de los cañones y la pólvora, una artillería que, en el estruendo de las matanzas que provoca, ha volatilizado aquellos códigos del honor individual y las proezas de los héroes que forjaron las siluetas míticas de un Amadís de Gaula, de un Tirante el Blanco y de un Tristán de Leoní.[7]

No me he aferrado a un pasado inmediato, que tuvo sus luces y sombras. Quiero decir, quizás con el más irreverente escritor latinoamericano, José María Vargas Vila que:

“Vivir con el recuerdo de una gran pasión, es como viajar con el cadáver de un ser querido: una profanación mala y pueril, un sacrilegio estéril y dañoso, hay que dejar dormir los muertos… lo que muere se entierra: seres y sentimientos… y, no se evocan jamás”.

Retorno hoy al ejercicio privado de la profesión de abogado luego de una pausa de más de catorce años para ocupar una posición pública que las circunstancias del momento me llevaron a aceptarla, y luego de un proceso de madurez como sería el nacimiento de una criatura y respetando el plazo de viudez que impide que una mujer divorciada o viuda pueda casarse antes de los 10 meses de quedar soltera, y fuera del plazo ab irato que impedía interponer un recurso de apelación antes de la octava franca, a fin de evitar que se actuara bajo el impulso de la ira, en esta ocasión abandonando la toga y el birrete para concentrarme en la consultoría, evoco las expresiones atribuidas a Fray Luis de León quien como dije más arriba expresó:

“Dicebamus hesterna die…” (Decíamos ayer…).

Es obvio que hoy retorno más viejo, pero con mayor experiencia, luego de estar durante más de 14 años tratando de alejarme del Derecho para acercarme a la Justicia. Hoy tengo que volver sobre mis pasos, y dedicarme más al Derecho, sin dejar de lado la Justicia.

A los 65 años de edad, me encuentro en el otoño de mi vida, a la espera de un invierno que no sea tan crudo como el que casi siempre abate a las personas honestas.

Pero como creyente al fin, rememoro lo que Jesús le expresó a Nicodemo, príncipe de los judíos:

“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”.[8]

Hoy nacemos con este proyecto, como empresa aliada a la comunidad jurídica en la búsqueda mayormente de soluciones amigables. Como una entidad de opinión queremos contribuir con una cultura de paz en nuestro país.

No pretendo esta noche hablar de Derecho ni de lo que haríamos. Lo que quiero es reflexionar sobre el honor, cuya ausencia en nuestro medio ha sido causante de la mayoría de nuestras miserias, falencias y de la grave enfermedad moral que padece nuestra sociedad.

Sobre el honor quiero narrar el pasaje de Borges de su Historia Universal de la Infamia, recordado por Joaquín Navarro, en el que, ante la deshonrosa conducta de un gran hombre, sus comilitones le entregaron una espada para facilitarle una muerte honorable.

“En vano propusieron este decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor. Tuvieron que degollarlo al amanecer”.

Pero ¿qué es el honor? Según José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, (Azorín), el honor varía según las latitudes, las regiones, los tiempos, las clases sociales, la luz solar o las sombras de las noches, la soledad o la compañía, el amor, la elocuencia, la temperatura y el alcohol.

El mismo Azorín, quien escribiera El Político, su muy conocida obra entre nuestros políticos, muchos de los cuales la tienen como libro de cabecera, dice en una parte de la misma, a quién cito más por la forma irónica, sarcástica y socarrona con que nos lleva por un pequeño paseo por la historia de la humanidad, que por la manera en que termina, tomo de esa obra parte de su Epílogo Futurista.

Se trata de un diálogo entre el alumno y el maestro que está terminando de escribir su obra magna denominada La Prehistoria, donde se describe que el período de la electricidad constituye el último estado del hombre primitivo, y a partir de donde comienza la era del verdadero hombre civilizado.

Luego del maestro ir narrando la forma en que vivían esos seres extraños que nos han precedido a nosotros y que han usufructuado el planeta, explicándole lo que eran las ciudades, los pobres, las fábricas, el jornal, las monedas, la cárcel y los fusiles; en la parte final, cuando el maestro le dice al alumno que le daba su palabra de honor sobre todo lo dicho, este le pregunta sobre lo qué era el honor, a lo que el maestro contestó lo siguiente:

“-Perdone usted, ésta es mi obsesión actual; éste es el punto flaco de mi libro; ésta es mi profunda contrariedad. He repetido instintivamente una palabra que he visto desparramada con profusión en los documentos de la época y cuyo sentido no he llegado a alcanzar. Le he explicado a usted lo que eran las ciudades, los pobres, las fábricas, el jornal, las monedas, la cárcel y los fusiles; pero no puedo explicarle a usted lo que era el honor.-”

“-Tal vez ésta era la cosa que más locuras y disparates hacía cometer a los hombres. (Comentó el alumno).

A lo que el maestro contestó: “Es posible”.

Independientemente del criterio que Azorín tenía sobre el honor, lo cierto es que es una palabra tan abstracta como comprometedora, aunque fonéticamente agradable, pero de muy difícil explicación. Muchas guerras se han librado; muchos amores se han desvanecido; muchas cruces cubren los cementerios; muchas ciudades se han destruido; muchas sociedades se han descompuesto; muchos han ofrendado sus vidas batiéndose en un duelo por honor; muchas amistades se han roto, y todo por su culpa.

En torno a su nombre se ha construido un campo, el Campo del Honor, donde han quedado sembrados para la historia más de un gran hombre, lavándose con sangre el honor mancillado. Hasta un código lleva su nombre, el Código de Honor.

Conceptualmente el honor se asocia a dignidad, al buen nombre a la intimidad y a la propia imagen. Es así como el artículo 44 de la Constitución dominicana reconoce el honor a la persona como un derecho fundamental.

Y el artículo 49 de la Carta Magna, luego de expresar como un principio general que toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, ideas y opiniones, por cualquier medio, sin que pueda establecerse censura previa, dispone en su Párrafo que todas esas libertades se ejercerán respetando al honor, entre otros derechos.

Por su parte el artículo 127 obliga al Presidente y al Vicepresidente de la República electos, antes de entrar en funciones, prestar el juramento de jurar por su honor.

Posiblemente nadie nos pueda dar una definición satisfactoria de lo que es el honor, pero sí cualquiera sabe lo que esa palabra significa y las consecuencias que se derivan de atentar en su contra.

Confieso que en mi vida he obtenido grandes logros y profundas satisfacciones. Buena familia, buenos hijos, nietos saludables, buenos amigos, buenos colegas. Pero sobre todas las cosas mi mayor satisfacción ha sido que los grandes del Derecho dominicano de hoy fueron mis alumnos del ayer. ¡Cuanta razón tenía creo que Sarmiento, cuando dijo que el buen maestro es el que es superado por sus alumnos! Con lo más granado de la actual profesión de abogado he tenido algo que ver.

No tengo necesidad de desnudarme ante ustedes, pues conocen mis actuaciones, las buenas y las malas. ¿Qué podemos ofrecerles que ustedes ya no conozcan?

Libero a mis hijos abogados de la prohibición pretoriana que les impuse al asumir la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de ejercer la profesión de abogado. ¡Quedan en libertad, si aún tienen deseos de ejercerla!

No quiero terminar sin revelar que sin el empuje y respaldo de mi familia este proyecto no habría sido posible, pues ella se convirtió en el motor que impulsó el mismo y que iniciamos en la noche de hoy.

La manifestación de cariño que he recibido esta noche con la presencia de todos ustedes pone de manifiesto que si mis amigos se contaran por las prebendas recibidas cuando ocupé una posición pública, de seguro que no tendría ninguno. Este acto demuestra que nadie recibió prebendas durante mi gestión. Nadie me debe ningún favor; lo que hice fue en fiel cumplimiento de la Ley y de mi conciencia, por eso valoro más su presencia.

A nombre de mis socias y del mío propio quiero agradecer a todos ustedes su presencia esta noche a la apertura de nuestra empresa Jorge Subero Isa: Consultores – Asesores Estratégicos.

Con la fe puesta en Dios y sobre la trilogía compuesta por las palabras integridad, experiencia y confianza emprendemos esta noche un viaje que ha de ser coronado con el éxito no solo de nosotros sino también de ustedes.

“Una opinión siempre es importante. Nosotros se la ofrecemos”.

Muchas gracias!

Dr. Jorge A. Subero Isa

Hotel El Embajador.

Santo Domingo, D. N. Rep. Dom.

6/septiembre/2012


[1] Kafka, Franz. El Proceso. Página 252.

 

[2] Wikipedia español.

[3] Dorothea de Dino, amante de Talleyrand, en las postrimerías de la vida de Talleyrand, obra: Talleyrand. Pág. 285.

 

[4] Marías, Javier. Los Enamoramientos. Página 136.

[5] Idem. Página 110.

[6] Platón. Diálogos Socráticos. Los Clásicos. Editorial Cumbre. Página 5.

[7] Don Quijote de la Mancha. Presentación. Edición del IV Centenario, Real. Asociación de Academias de la Lengua Española, edición y notas de Francisco Rico, quinta reimpresión, 2005, México.

[8] La Biblia. Evangelio de San Juan. Capítulo 3. Página 7.

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