Subero Isa participa en ceremonia de despedida del presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico

Publicado por: admin Fecha: 29/04/2014 15:04:08 p.m. Comentarios: 0

jorge-subero-isa-tribunal-supremo-puerto-rico-abril-2014El Doctor Jorge Subero Isa fue el orador invitado a la Ceremonia de Despedida como Presidente y 29 años en la magistratura del Juez Federico Hernández Denton del Tribunal Supremo de Puerto Rico, en un histórico evento que contó con la presencia de distinguidas personalidades del ámbito judicial, la gobernación, invitados internacionales así como familiares, amigos y colaboradores del Juez saliente.

Durante su intervención el Dr. Subero Isa destacó la transcendencia internacional del Juez Hernández Dentón durante 10 años al frente del Tribunal Supremo, el compromiso incondicional con su País, y de cómo ambos países recorrieron muchos litorales judiciales buscando obtener una mejor justicia para sus países. “La bandera de Puerto Rico ondeó gloriosa siempre en todas las cumbres judiciales, siendo su principal abanderado el juez Hernández Denton” apuntó.

Palabras Dr. Jorge A. Subero Isa en la ceremonia de despedida del Juez Federico Hernández Denton, Presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico.

jorge-subero-isa-tribunal-supremo-puerto-rico-abril-2014vertical Honorable Juez
Federico Hernández Denton
Presidente del Tribunal Supremo
de Puerto Rico
Y demás jueces invitados.

La vida es una carrera de relevo. Un solo atleta no tiene la capacidad de llevar hasta el pebetero la antorcha encendida de esperanzas, deberes y responsabilidades que nos han entregado para iniciar  la competencia. Nos la entregan y más adelante se la entregamos a otro para que continúe la carrera.

La tristeza que provoca la despedida solamente se compensa con la alegría que produce la convicción de haber cumplido con el deber encomendado.

Este acto que hoy nos convoca me trae a la memoria aquella canción que interpretara la inigualable Lissette Álvarez. Me refiero a “Debut y despedida”. Y la traigo a colación porque hace diez años me otorgaron el honor de pronunciar unas palabras en el ceremonial de toma de posesión del 9 de agosto de 2004, con el que hacía su debut al frente del Supremo el honorable juez Federico Hernández Denton.

En el epílogo de su brillante carrera en la judicatura nuevamente corresponde a este humilde ciudadano dominicano ofrecer breves palabras de despedida a un puertorriqueño con fuerte arraigo en su pueblo y figura proyectada en toda la justicia iberoamericana. Juntos recorrimos muchos litorales judiciales volando sobre las alas que nos proporcionaban los sueños de obtener una mejor justicia para nuestros países. Juntos hemos sido actores de primer orden en el proceso de reforma judicial de nuestra América. La bandera de Puerto Rico ondeó gloriosa siempre en todas las cumbres judiciales, siendo su principal abanderado el juez Hernández Denton.

Quien me lo presentó fue ese gigante en tamaño y coraje, su antecesor, el fraterno José Andréu García. Él y su esposa Isabelita ocuparon desde ese momento un lugar importante en nuestros corazones.  La Cumbre Judicial Iberoamericana, celebrada en México en el 2002, cuando él asistió en representación del Presidente del Supremo, sirvió de marco para que coincidieran nuestros sentimientos por mejorar la administración de justicia.

Fue en Santo Domingo en ocasión de la  XIII Reunión de Presidentes de Cortes Supremas de Justicia Centroamérica-República Dominicana-México, el 26 de noviembre de 2003, que conjuntamente con el inolvidable titán del Derecho de América, Luis Paulino Mora Mora  lo entusiasmamos en la búsqueda de la presidencia de Tribunal Supremo de Justicia de la Isla del Encanto. ¡Hoy abandona la posición, pero no abandona su compromiso con su país, con su gente y con su pueblo!

Al dejar una posición relacionada con la justicia se reflexiona sobre el rol que le ha correspondido a uno  jugar en ese escenario de intereses e insatisfacciones; donde cada actor considera que tiene la razón, y  si no le concede es porque se la han escatimado. Cuando se obtiene ganancia de causa es porque tenía la razón, pero cuando sucede lo contrario es porque el juez se vendió.

Es en ese escenario donde uno está tentado a recordar a  Derville, aquel abogado del Coronel Chabert en la obra de Honoré de Balzac, cuando dirigiéndose a su ayudante Godeschal, le dice:

¡Cuántas cosas no he aprendido yo ejerciendo mi profesión! Yo he visto morir a un padre en un granero sin medio alguno de subsistencia, abandonado por dos hijos a los que había dado cuarenta mil francos de renta. Yo he visto quemar testamentos; yo he visto madres despojando de lo suyo a sus hijos, maridos robando a sus mujeres y mujeres matando a sus maridos, sirviéndose del amor que les inspiraban para volverles locos o imbéciles, a fin de vivir en paz con un amante. He visto madres que daban todos los gustos al hijo habido en el primer matrimonio, para acarrearle la muerte y poder enriquecer al hijo del amor. No puedo decirle a usted todo lo que he visto, pues he presenciado crímenes contra los cuales es impotente la justicia. Todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre muy por debajo de la verdad.

Honorable juez Hernández Denton, cuando se ocupa una posición pública por mucho tiempo quizás sea conveniente acogerse al consejo que le diera Dorothea de Dino a  su amante Talleyrand:

“Si,  como os sucede, pertenece a la historia, no debe pensar en ningún otro futuro, excepto el que la historia le tiene señalado. Sabéis bien que la historia juzga el último período de vida de un hombre con más severidad que su comienzo… Declaraos ancianos, antes que la gente encuentre que estáis viejo. Decid con nobleza al mundo: “Ha llegado la hora”.

Pero llegada la hora de la partida nos detenemos a pensar que nada dura lo bastante porque todo se acaba, y una vez acabado resulta que nunca fue bastante, aunque durara cien años, como dijera alguien en una novela que leí.

Sin embargo, tal vez ese sea el momento de pensar lo que Julián María pone en boca de Díaz-Varela, uno de los personajes de su novela Los Enamoramientos, cuando dice:

“Lo que dura se estropea y acaba pudriéndose, nos aburre, se vuelve contra nosotros, nos satura, nos cansa. Las únicas que no nos fallan ni defraudan son las que se nos arrebata, las únicas que no dejamos caer son las que desaparecen contra nuestra voluntad, abruptamente, y así carecen de tiempo para darnos disgustos o decepcionarnos… La prolongación lo altera todo, y lo que ayer era estupendo mañana habría sido un tormento”.[1]

Honorable juez y amigo sincero. Con el pie en el estribo para cabalgar por caminos diferentes a los recorridos durante los últimos veintinueve años os ruego tener siempre  presente que independientemente de los blasones y lauros de que pueda ser acreedor, recordad siempre que el mejor reconocimiento que podéis  recibir es el proveniente de su propia conciencia, la cual en ocasiones nos juzga con mayor rigurosidad que el juez más severo. ¡Ella es la suprema juzgadora de la conducta de  los jueces!

Conformad con la satisfacción del deber cumplido, pues siempre es conveniente recordar al momento del retiro al gran transformador de la educación dominicana y hombre de Puerto Rico y de toda América, don Eugenio María de Hostos, el señor Hostos, cuando en ocasión de su muerte su íntimo amigo, nuestro Federico Henríquez y Carvajal, al pronunciar  el 12 de agosto de 1903 la oración fúnebre expresó:

¡Oh América infeliz que solo sabes de tus grandes vivos cuando ya son tus grandes muertos!

Cuando se abandona una posición como la que ocupaba hasta la fecha, alejado de los conflictos judiciales,  comienza un proceso en retrospectiva; recorriendo un pasado donde tratará de descubrir cuáles han sido durante todo ese tiempo  fortalezas y debilidades. Éxitos y fracasos. Alegrías y penas. Nuestros verdaderos amigos y aquellos que prefirieron colocarse en la acera opuesta.

Sin embargo, amigo mío, si queréis vivir feliz, recordad los versos de Martí cuando dijo:

Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero,
para el amigo sincero,
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.

Gracias amigo, por brindarme durante tantos años una amistad sincera, como aquella que nos decía Martí. Y a ustedes las gracias por escucharme.

Dr. Jorge A. Subero Isa
San Juan, Puerto Rico
9 de abril de 2014.-

[1]  Marías, Javier. Los Enamoramientos, pág. 136.

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