Un adiós al gran jurista Juan Manuel Pellerano Gómez

Publicado por: Dr. Jorge A. Subero Isa Fecha: 06/11/2018 09:11:37 a.m. Comentarios: 4

Fuente: ENJ

(Pocas son las personas a quienes tengo que agradecer como a Juan Manuel Pellerano Gómez)

Por razones de edad y tiempos vividos, cuando lo conocí él era un abogado curtido en las ciencias jurídicas, yo, en cambio, era un joven aprendiz de abogado, que había egresado de las aulas universitarias ilusionado de que algún día podía alcanzar los conocimientos de aquel reputado profesor universitario.

En razón de que como la mayoría de los jóvenes profesionales no tenía una clientela que me ocupara mucho la atención, comencé a escribir esporádicamente algunos artículos para algunos diarios de la capital, lo que llamó la atención del eminente jurista Juan Manuel Pellerano Gómez. Al cabo de cierto tiempo recibí una llamada de este donde me pedía una cita para tratarme un asunto que no me especificó, y poco tiempo después estaba en el apartamento 204 del Edificio Copello, en la oficina que compartía con mi tío político Dr. Mignolio Pujols, para pedirme autorización para publicar algunos de mis artículos en la revista Estudios Jurídicos, que dirigía conjuntamente con mi profesor Dr. Luis R. del Castillo Morales, bajo la editorial Capeldom. Imagínense ustedes la alegría que cubrió todo mi cuerpo y los saltos arrítmicos de mi corazón cuando ese señor me formuló esa solicitud. Mi nombre iba a aparecer junto con los grandes doctrinarios de la época. Fue el inicio de un largo mecenazgo jurídico que se extendió prácticamente hasta su muerte, acaecida recientemente. Mi presencia no era desconocida en la antigua oficina de la calle Socorro Sánchez, antes del gran paso a la avenida John F. Kennedy.

Mis artículos aparecidos en Estudios Jurídicos me abrieron en el año 1974 la puerta para que mi antiguo profesor de antes de la Revolución de Abril, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), el Dr. Bernardo Fernández Pichardo, quien para entonces ocupaba la posición de decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), me llamara por teléfono para proponerme una cátedra en esa facultad. Aunque nunca me lo dijeron no tengo la menor duda de que tras esa oferta se encontraba la mano del doctor Pellerano. Es así como ingreso por primera vez a la cátedra universitaria.

Él me inspiró la suficiente confianza para llamarlo cuantas veces no encontraba una solución a un problema jurídico que se planteara, tanto en lo doctrinario como en la práctica. La única condición que siempre me puso fue que antes de consultarlo indagara bien en los textos franceses si la solución se encontraba en los que estuvieran a mi alcance, o en los de su biblioteca, que tan generosamente había puesto a mi disposición. Fueron muchas las veces que al abordarle para una posible solución a un asunto me decía que no buscara más en los textos franceses porque a estos no se les iba ocurrir un planteamiento como el que se nos ocurría a nosotros los abogados dominicanos. Las pláticas sobre el Derecho que sosteníamos las consideraba como calistenias jurídicas.

Poco tiempo después de iniciar nuestra amistad tuve el honor de ser profesor, en épocas diferentes, en la Escuela de Derecho de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) de dos de sus hijos, Ricardo y Luis Rafael.

De la mano, y con los auspicios de la Asociación Hipólito Herrera Billini para el Desarrollo de la Cultura Jurídica Dominicana, Inc., con el sello Ediciones Capeldom, aprovechando un homenaje que esa asociación le tributara al magistrado Manuel Ramón Ruiz Tejada, ex presidente de la Suprema Corte de Justicia, cuyo escenario fue la Casa del Cordón, en la Zona Colonial, publicamos en el año 1993 mi obra 4 años de jurisprudencia analítica dominicana (1985-1988), la cual había dedicado al magistrado homenajeado, el cual se encontraba presente en el acto. En la dedicatoria, que consta en la obra, expresé textualmente lo siguiente:

DEDICATORIA a: Lic. Manuel Ramón Ruiz Tejada. Templo de sabiduría, morada de humildad y tesoro de probidad. Dios me ilumine a seguir el camino que conduce a lo que usted representa.

¡Qué distante tenía que cuatro años después yo ocuparía la posición que durante tantos años ocupó el homenajeado y a quien dediqué esa obra!

De esa misma mano, publiqué en el año 1995 mi obra Los contratos y los cuasicontratos, que se puso en circulación en la Biblioteca Nacional. Sobre esta obra debo decir que en su primera edición aparecía en la portada tomo I, y cuando lo cuestioné sobre esto me dijo que era para obligarme a escribir el tomo II y completarla con el cumplimiento y extinción de las obligaciones. Es una deuda que no he pagado con el viejo amigo, y espero algún día saldarla. Esa obra fue prologada por el eminente profesor y amigo Dr. Bernardo Fernández Pichardo, el mismo que me había llevado a escalar la cátedra universitaria.

Cuando luego de la crisis electoral tras las elecciones del año 1994 un amigo me preguntó si aceptaría ser integrante de la Junta Central Electoral, a una de las primeras personas que consulté fue al doctor Pellerano, quien me dijo más o menos, que para qué me iba yo a meter en un problema como lo que representaba ser miembro de ese organismo. Que me recordara lo que le había pasado al licenciado Joaquín Castillo a raíz de las elecciones del año 1978. El se refería a la recusación de que fue objeto el licenciado Castillo cuando este presidía el órgano electoral. Sin embargo, al final me dijo que se necesitaba gente seria, y que si yo estaba dispuesto a correr el riesgo que eso representaba, estaría de acuerdo con que aceptara la oferta. Es así como llego a ocupar la posición de Suplente del presidente César Estrella Sadhalá.

La misma consulta hice al amigo Pellerano cuando ocupando la presidencia de la Junta Central Electoral, tras la renuncia del Dr. Estrella Sadhalá, recibí la propuesta de ser miembro de la Suprema Corte de Justicia. Me dijo que yo conocía lo que había que hacer porque tenía ya un largo ejercicio profesional. Luego lo llamé para decirle que había aceptado la propuesta realizada y que la había condicionado a que fuera como presidente de ese tribunal, porque no iba a abandonar la presidencia de la Junta Central Electoral para ocupar una posición que no fuera la de presidente. Que también había puesto como condición, le dije al amigo, que no aceptaría imposiciones de nadie y que mi elección fuera con el respaldo de los partidos políticos. Al manifestarle que mis condiciones habían sido aceptadas, el protector me ofreció su apoyo desde el primer día. Es así que llego a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia.

Cuando los jueces escogidos por el Consejo Nacional de la Magistratura en la madrugada del 3 de agosto de 1997 y juramentados al otro día en el Palacio Nacional por los integrantes de ese organismo, al llegar el día 5 de agosto de ese mismo año a la Suprema Corte de Justicia nos dimos cuenta que era necesario que se iniciaran procesos de formación, capacitación y actualización de los jueces que conformarían el nuevo Poder Judicial dominicano, y que solamente a través de una escuela judicial se lograría ese propósito. Eso motivó a que mientras fuese aprobada la Ley de Carrera Judicial, que se discutía en el Congreso Nacional, y que contemplaba la creación de esa escuela, el Pleno del tribunal mediante resolución de fecha 12 de febrero de 1998, creó la Escuela de la Magistratura.

A la primera persona que se le ofreció la dirección de esa escuela fue al prominente profesor Bernardo Fernández Pichardo, quien, como he señalado anteriormente, fue quien me llevó a la cátedra universitaria y el prologuista de mi obra Los contratos y los cuasicontratos. El profesor Fernández Pichardo, quien había sido escogido junto con nosotros para integrar la Suprema Corte de Justicia, no aceptó la posición para la cual había sido designado, y el día programado para la juramentación de los nuevos jueces remitió una carta dando a conocer las razones de su no aceptación. Tampoco aceptó la dirección de la Escuela de la Magistratura que el Pleno le había ofrecido.

Ante la negativa del profesor Fernández Pichardo de aceptar la designación de director de nuestra escuela judicial, el mismo Pleno me autorizó a ofrecérsela al Dr. Pellerano Gómez. Este la aceptó, pero la condicionó a que fuera sin sueldo y a que se designara como subdirector de la misma al Lic. Luis Henry Molina. Al llevar el asunto al Pleno de la Suprema Corte de Justicia este aceptó las condiciones impuestas, y de esa manera el Dr. Juan Manuel Pellerano Gómez se convierte en el primer director de la Escuela de la Magistratura, la cual posteriormente con la Ley de Carrera Judicial pasó a denominarse Escuela Nacional de la Judicatura. Desde ese momento el director como el subdirector y el respaldo del máximo tribunal judicial comenzaron a organizar la estructura de la Escuela, para lo cual se realizaron varios viajes a Costa Rica, Francia y otros países que tenían escuelas de esa naturaleza.

Ya debidamente estructurada la escuela, procedimos a su inauguración en un acto celebrado en fecha 26 de mayo de 1998 en una de las aulas de la Universidad Iberoamericana (UNIBE), quien la había facilitado a esos fines. Me correspondió pronunciar las palabras de aperturas, donde destaqué la figura del Dr. Pellerano, a quien califiqué en la ocasión como el más completo abogado dominicano de la actualidad.

Pocos, pero influyentes sectores de la sociedad dominicana no entendían que el dominio de la administración de justicia había escapado de su dominio y comenzaron una campaña de descrédito contra los nuevos jueces supremos que condujo a la aprobación de la Ley de Carrera Judicial, número 327-98. Muchos aspectos de esa ley no solamente eran contrarios a los que se habían consensuado entre los diferentes sectores de la sociedad, sino que eran abiertamente contrarios a la Constitución vigente al momento de la elección de los jueces. Blanco preferido de esos sectores fue el director de la escuela judicial, ya convertida en Escuela Nacional de la Judicatura, quienes promovieron la aprobación en el sentido de que:

Artículo 8.- La Dirección General de la Carrera Judicial estará a cargo de un Director nombrado por la Suprema Corte de Justicia.
PARRAFO I.- No podrá ser designado Director General de la Carrera Judicial ningún abogado que se encuentre en pleno ejercicio de la profesión con bufete abierto.
PARRAFO II- La Suprema Corte de Justicia procederá a escoger el Director General de la Carrera Judicial de un profesional del Derecho que ejerza la docencia de la Ciencia Jurídica, de un magistrado en retiro o de un abogado que no tenga bufete abierto.

La Ley de Carrera Judicial en lo relativo al director de la Escuela Nacional de la Judicatura lo que perseguía era el Dr. Pellerano no fuese ratificado por la Suprema Corte de Justicia en esa posición. Sin embargo, decidimos mantenerlo como miembro del Consejo Directivo de la misma.

Esa ley de Carrera Judicial, adulterada en su sentido original, fue la respuesta de esos sectores a la independencia exhibida por la judicatura dominicana, y de manera muy especial a la Suprema Corte de Justicia. Y como un regalo en ocasión el primer aniversario de su elección, el presidente de la República, cuando toda la sociedad le pedía a voces que la observara y la devolviera al Congreso Nacional, la promulgó en Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, Capital de la República Dominicana, a los once (11) días del mes de agosto del año mil novecientos noventa y ocho (1998), años 155 de la Independencia y 135 de la Restauración. Disposiciones de esa ley fueron declaradas contrarias a la Constitución por el pleno de la Suprema Corte de Justicia, cuando esta tenía la competencia para el conocimiento de la acción directa en inconstitucionalidad.

Ante esa situación imperante, y al no poderse ratificar en la posición al Dr. Pellerano, el Pleno del máximo tribunal judicial decidió llamar a un concurso público de oposición, resultando ganador el Lic. Luis Henry Molina, quien ocupaba la subdirección desde su fundación. Sin embargo, decidió mantener a tan insigne jurista ligado a la escuela en calidad de miembro del Consejo Directivo, hasta el año 2011, cuando presentó renuncia por salud a esa posición, escogiéndose en su lugar al licenciado Juan Francisco Puello Herrera.

Un dato curioso es que el Dr. Pellerano Gómez fue designado director de la Escuela del Ministerio Público y al mismo tiempo seguía siendo miembro del Consejo Directivo de la Escuela Nacional de la Judicatura.

Luego de mi salida de la Suprema Corte de Justicia, el 28 de diciembre de 2011, seguimos manteniendo la misma cordial y respetuosa relación existente desde nuestro primer encuentro.

Con su muerte, la República Dominicana pierde no solamente a un gran dominicano, sino al más completo jurista de nuestro país de todos los tiempos.

¡Paz a tu alma, amigo mío!

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