Cuando el juicio de Dios se impuso al juicio de los hombres

Publicado por: Dr. Jorge A. Subero Isa Fecha: 19/07/2018 10:07:37 a.m. Comentarios: 6

-El duelo del conde Jacob Barbarroja y Friedrich von Trota-

El juicio de Dios era una forma de ordalía que se practicaba en la Edad Media y que consistía en evaluar cada una de ciertas pruebas para averiguar la culpabilidad o inocencia de una persona acusada, siendo el duelo una de sus formas. El duelo, entendiéndose por tal el combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafío, era una manifestación del juicio de Dios, y este una forma de ordalía. La mayoría de los duelos se originaban en un honor mancillado. En el duelo de honor entre el conde Jacob Barbarroja y Friedrich von Trota se considera que intervino la mano de Dios cuando el primero, no obstante haber recibido una pequeña herida, a consecuencia de ella se le corrompió todo el cuerpo, muriendo secuela de la misma; mientras que el segundo, no obstante haber recibido heridas graves, logró sobrevivir. ¡Dios hizo justicia en favor de Friedrich von Trota y en contra del conde Jacob Barbarroja!

En una época en que la mayoría de la gente, empujada por la velocidad que imponen los tiempos y las redes sociales, se preocupa cada vez menos de escribir bien, yo, por el contrario, con los años, pongo más cautela al hacerlo sobre cualquier tema. Parece que me he contagiado de Gustave Flaubert, quien era muy parsimonioso y escrupuloso al escribir; tardó cinco años en escribir Madame Bovary, no obstante haberle dedicado entre ocho y diez horas diarias en su redacción y escribir tan solo tres folios en una semana. Hoy escribo más lento, aunque no signifique que escriba mejor.

Escribo sobre el duelo de honor, para lo cual tomo como referencia el duelo entre el conde Jacob Barbarroja y Friedrich von Trota, del cual trata la novela El duelo, de Heinrich von Kleist, y que recoge Marta Salís en una obra denominada El duelo de honor. De Casanova a Borges. Recurro al tema también como pretexto para incursionar en otros temas que no están tan relacionados con la obra comentada.

Pero, antes quiero decir que en nuestro país el honor constituye un derecho fundamental consagrado y cualquier autoridad o particular que lo violare está obligado a repararlo o resarcirlo conforme a la ley. En su artículo 49 la Constitución dispone que el derecho al honor establece un límite a la libertad de expresar libremente los pensamientos, ideas y opiniones. Es decir, encontramos en el honor una barrera que nos impide decir todo lo que se nos antoje o queramos, por más constitucional que sea el derecho a la libre expresión y difusión del pensamiento.

Pero además, en virtud de lo que dispone el artículo 127 del texto constitucional el o la presidente y el o la vicepresidente de la República electos, antes de entrar en funciones, prestarán ante la Asamblea General el juramento siguiente: «Juro ante Dios y ante el pueblo, por la Patria y por mi honor, cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes de la República, proteger y defender su independencia, respetar los derechos y las libertades de los ciudadanos y ciudadanas y cumplir fielmente los deberes de mi cargo». Obsérvese que se jura ante Dios y ante el pueblo, por la Patria y por el honor. Recordemos que recientemente el presidente de España, Pedro Sánchez, por su condición de ateo, no juró cargo ante el rey Felipe VI, sino que prometió. Lo que hizo el presidente español no podría ser posible constitucionalmente en la República Dominicana.

Por todo lo anterior es que en la República Dominicana el honor es mucho más que un derecho fundamental, adquiriendo una gran connotación cuando el mismo es incumplido. Por su interés, en una ocasión yo le dediqué al honor un artículo publicado en http://jorgesuberoisa.com/el-honor/, en el cual afirmé que muchas guerras se habían librado; muchos amores se habían desvanecido; muchas cruces cubrían los cementerios; muchas ciudades se habían destruido; muchas sociedades se habían descompuesto; muchos habían ofrendado sus vidas batiéndose en un duelo por honor; y muchas amistades se habían roto, y todo por su culpa.

En el Epílogo futurista de su obra El político, Azorín nos relata que cuando el alumno le pregunta al maestro qué era el honor, este le dice:

—Perdone usted, ésta es mi obsesión actual; éste es el punto flaco de mi libro; ésta es mi profunda contrariedad. He repetido instintivamente una palabra que he visto desparramada con profusión en los documentos de la época y cuyo sentido no he llegado a alcanzar. Le he explicado a usted lo que eran las ciudades, los pobres, las fábricas, el jornal, las monedas, la cárcel y los fusiles; pero no puedo explicarle a usted lo que era el honor—
—Tal vez ésta era la cosa que más locuras y disparates hacía cometer a los hombres.
A lo que el maestro contestó: —Es posible—

Pero me gusta la definición que sobre el duelo nos ofrece la RAE: «1. m. Combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafío». Es en esta acepción que en lo sucesivo me referiré al duelo de honor.

El mundo de la literatura está copado de famosos duelos de honor, tales como los de Alexander Hamilton, Ferdinand Lasalle, el poeta ruso Aleksander Pushkin, Salvador Allende (se considera que fue el último duelo escenificado en Chile), Hipólito Irigoyen, entre otros. De este último quiero destacar que en la ciudad capital, en el sector San Gerónimo, existe una calle que honra su nombre por la actitud valiente asumida frente a la ocupación norteamericana de 1916, cuando era presidente de Argentina, en un hecho que relato a continuación.

La República Dominicana había sido ocupada en el año 1916 por las tropas norteamericanas, lo cual se prolongó hasta el 12 de julio de 1924. Para esa época, en 1919, había muerto en Montevideo, Uruguay, el intelectual y diplomático mexicano, Amado Nervo, quien ostentaba la representación de su país tanto en Uruguay como en Argentina. El presidente uruguayo Baltasar Brum, dispuso que el cuerpo del poeta fuera llevado a México en el crucero Uruguay; por su parte el presidente argentino Hipólito Irigoyen dispuso que lo escoltara el crucero 9 de Julio. A su regreso de México, el crucero 9 de Julio tocó puerto en la ocupada República Dominicana, y lo que sigue nos lo cuenta el profesor Jottin Cury, cuando nos dice:

Contados dominicanos saben quién fue Hipólito Yrigoyen, y cuánta gratitud le debemos al presidente argentino cuando sin tomar en cuenta la bandera estrellada norteamericana, que ondeaba solitaria en el puerto de Santo Domingo, le ordenó al capitán del crucero 9 de Julio que enarbolara en su buque nuestro pabellón cruzado y saludara con 21 cañonazos al pueblo dominicano, en aquella memorable mañana del mes de diciembre del año 1919. https://www.listindiario.com/puntos-de-vista/2007/05/18/13327/yrigoyen-y-el-canon-perdido

No quiero abordar el entramado de esta entrega sin antes decir que según afirma Francisco Solano en la Presentación de El duelo de honor. De Casanova a Borges, la mujer irremediablemente nutre de razón a los contendientes. Tal es el caso de la novela El duelo, de Heinrich von Kleist, la cual en esta ocasión es objeto de mi comentario. Todo empezó cuando la noche de San Remigio, en los últimos años del siglo XIV, mientras el duque Wilhelm von Breysach, regresaba a su palacio luego de una reunión con el emperador, fue alcanzado por una flecha que le causó la muerte. Luego de una investigación se determinó que la flecha en cuestión había sido fabricada para el hermano del duque, el conde Jacob Barbarroja, razón por la cual había suficientes indicios que lo incriminaban. La viuda de Wilhelm von Breysach dejó en manos del emperador que se ocupara de la investigación y decidiera el litigio. El emperador, que en aquel momento se encontraba en Basilea, reunió allí mismo un tribunal formado por tres condes, doce caballeros y dos asesores jurídicos, y luego de Barbarroja prestar una fianza de veinte mil marcos, le exigió que compareciera ante el tribunal y ante él mismo para que respondiera de los cargos en su contra y explicara cómo había llegado a manos del asesino la flecha que según había admitido le pertenecía, y cuál era aquel tercer lugar en que afirmaba había pasado la noche de San Remigio. El lunes siguiente a la Santísima Trinidad, el conde Barbarroja compareció por ante el tribunal de Basilea y alegó en su defensa que si bien sabía lo que un caballero debía al honor de la dama que le concede su favor en secreto, la pregunta que se le dirigía lo obligaba a dejar a un lado cualquier escrúpulo y consideración, y ya que querían saber por qué ni era probable ni siquiera posible que haya tomado parte en el asesinato de su hermano, bien personalmente o mediante terceros, era que la noche de San Remigio, en el momento en que se perpetró el crimen, él estaba con la bella hija del senescal Winfried von Breda, la dama, Wittib Littegarde von Auerstein, quien era no tan solo la mujer más bella, sino también la mujer más intachable y virtuosa del reino, la cual poco tiempo después de su matrimonio perdió a su esposo, y se retiró al castillo de su padre, donde llevaba una vida modesta y tranquila. Incluso estaban avanzados los planes para que ella ingresara a un convento en condición de abadesa.

El padre de Wittib Littegarde von Auerstein recibió la notificación del tribunal de Basilea en la que se daba cuenta de la deshonra de su hija según la revelación del conde Barbarroja y se requería de la presencia de ella para que respondiera de los hechos que le eran atribuidos. En ese documento se relataba la hora y lugar exactos en que según dicho conde se había producido el encuentro secreto entre ambos, incluso se adjuntaba un anillo que el conde afirmaba le había pertenecido al difunto esposo de Wittib Littegarde von Auerstein, que ella le había dejado como recuerdo de aquella noche que habían pasado juntos. Al recibir la notificación el senescal Winfried von Breda, sufrió un ataque que le ocasionó la muerte. Los hermanos de Littegarde consideraban que ella con su conducta había sido la causante de la muerte del padre, y la expulsaron del castillo y la despojaron de la herencia paterna. Ella buscó la protección de su amigo Friedrich von Trota, quien creyendo en ella le dijo: «No perdáis ni un segundo en defender y justificar vuestra inocencia». «Voy a devolver el brillo a vuestro honor ante el tribunal de Basilea y ante el mundo entero». El tribunal de Basilea consideró que, ante la acusación de haber cometido un crimen tan atroz, estando en juego su vida y su honor, el conde Jacob Barbarroja no le había quedado más remedio que descubrir aquella aventura que había vivido la noche de San Remigio; se le citó de nuevo, y en una sesión a puerta cerrada el tribunal lo declaró libre de la sospecha de haber participado en el asesinato de su hermano. Al escuchar la declaración de inocencia de Barbarroja, el señor Friedrich von Trota le manifestó al referido conde que era un sucio y vil calumniador y que estaba dispuesto a probar ante el mundo en un juicio de Dios a vida o muerte, que la señora Littegarde von Auerstein era inocente del delito que se le imputaba. Se hicieron los arreglos del duelo y el emperador dispuso que se efectuara el día de Santa Margarita en la plaza de armas del palacio de Basilea, para lo cual los contendientes asistieron con sus correspondientes escudos y espadas en las manos, «recurriendo al dictamen sagrado de las armas, que indefectiblemente sacaría la verdad a la ley». En ese duelo fue vencido Friedrich von Trota, quien recibió heridas de gravedad, sin embargo, a pesar de afectar órganos vitales, no iba a tener el desenlace fatal que todos esperaban; que saldría con vida y que en pocos días estaría restablecido por completo. Sin embargo, el conde Jacob Barbarroja solamente había recibido en aquel duelo una pequeña e insignificante herida, que había recibido al comienzo del combate, pero que los humores de su cuerpo iban corrompiéndose de día a día, de semana a semana, impidiendo su curación, que se fue comiendo los tejidos de su mano hasta llegar a los huesos; hubo que amputarle la mano herida al no detenerse el proceso de infección, y más tarde hubo que amputarle el brazo completo. Nada de eso alivió la situación de salud de Barbarroja, sino que, al contrario, su mal empeoró. Esto fue interpretado por Friedrich von Trota, como que el vencedor del combate había sido él, pues a pesar de haber caído en el polvo y de haber sido aplastado por el pie de su contrincante, había resucitado de nuevo a la vida. Ese duelo tuvo características de ordalía o juicio de Dios, pues de haber salido vencedor el conde Jacob Barbarroja, la «sentencia inapelable de Dios exigiría que tanto ella (Littegarde) como su amigo, el caballero von Trota fueran llevados a la hoguera por las falsedades que habían defendido bajo juramento ante el tribunal».

Mientras tanto, el tribunal de Basilea que el emperador había integrado, ya había juzgado la causa abierta en contra de Littegarde von Auerstein y de Friedrich von Trota, por haber apelado al juicio de Dios sabiéndose en pecado, y ambos, de conformidad con la ley vigente, fueron condenados a sufrir vergonzosa muerte quemados en la hoguera en el mismo lugar del duelo. En el lugar se encontraban atados los condenados a morir a la hoguera, cuando llegó en una camilla el conde Jacob Barbarroja, acompañado del prior del convento de los agustinos, y en presencia de emperador, declaró:

¡Inocente! ¡Esa fue la sentencia que pronunció Dios todopoderoso aquel fatídico día ante los ojos de los ciudadanos de Basilea que se habían congregado allí! El fue alcanzado por tres heridas, todas ellas mortales, y, sin embargo, como veis, su vida florece con fuerza y vigor; mientras que un solo golpe de su mano, que, según pareció, apenas rozó mi piel, ha llegado hasta el tuétano de mi vida y ha ido minando mis fuerzas lentas e incansablemente hasta derribarlas como hace un viento impetuoso con un roble. Y por si algún incrédulo alberga aún alguna duda, aquí están las pruebas: ¡la que me recibió la noche de San Remigio fue Rosalie, la doncella de cámara de Littegarde, mientras yo, miserable, deslumbrado y ciego, creía tener en mis brazos a la que siempre había rechazado con desprecio mis proposiciones!

Cuando el emperador escuchó lo dicho por el conde, ordenó liberar a los prisioneros. El conde Jacob Barbarroja en algún momento exclamó:

¡Merezco la muerte que voy a tener! Puesto que el brazo de la justicia humana no caerá ya sobre mí, sabed que yo soy el asesino de mi hermano, el noble duque Wilhelm von Breysach. ¡Yo pagué a un malvado para que le abatiera y le proporcioné una flecha de mi armería para que hiciera su trabajo; de ese modo creí asegurarme la corona!

Después de pronunciadas esas palabras, se desplomó en la camilla y exhaló su alma negra.

A estas expresiones el emperador dijo: «¡No pienses que el brazo de la justicia no caerá sobre tu cadáver!» Y agregó, ya ha sido juzgado, entregadlo inmediatamente a los verdugos; ordenando que ardiera en la pira en la que, por su culpa, se había estado a punto de sacrificar a dos inocentes y que su memoria se cubra de vergüenza. El cadáver del conde Barbarroja, consumido por la corrupción de su cuerpo se consumió entre brasas y cenizas.

Finalmente, el emperador firmó una resolución imperial para restituirle a la señora Littegarde von Auerstein la herencia paterna de la que sus hermanos se habían apoderado, y tres semanas después, en el palacio de los von Breysach, se celebró la boda entre esta y Friedrich von Trota.

La mano de Dios hizo acto de presencia en el duelo cuando las graves heridas recibidas por Friedrich von Trota, no fueron suficientes para causarle la muerte y logró sobrevivir, mientras la leve herida recibida por su contrincante el conde Jacob Barbarroja cada vez fue corroyéndole el cuerpo hasta morir a consecuencia de esa leve herida.

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